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Me acabo de despertar repentinamente y me dispongo a contarles una nueva aventura ciclística. No recuerdo cuantas millas hice ni cuanto tiempo duró el recorrido, lo cierto es que, al filo de la medianoche, con la última campanada de las 12, monto en mi bicicleta y salgo a la pista para experimentar un cambio de visión. Es decir, para observar en las sombras lo que previamente he observado en anteriores recorridos diurnos. Al cabo de un tiempo rodando, entro en un paraje que no logro identificar.

Una brisa fría me envuelve y tenue bruma dificulta el trabajo del pequeño faro frontal de mi cabalgadura. Transito entre árboles envejecidos y finalmente freno ante una cadena que se interpone en mi camino para bloquear la entrada de un extraño paraje. Una estaca sostiene un letrero que prohíbe la entrada al mismo y exhibe un extraño símbolo que desconozco. En arrebato de osadía, descuelgo la cadena y cruzo el extraño portal. En ese momento escucho el siseo de la serpiente, la misma que instó a Adán y Eva a probar lo prohibido (y por ello fueron echados del paraíso). Sigo rodando y un coyote aúlla desgarradoramente y me ladra tratando de impedirme el paso, continúo adentrándome en el paraje.

Al cabo de no se cuanto tiempo, me doy cuenta de que no estoy solo en la ruta. Detrás de mí, alguien también pedalea y arrastra objetos metálicos que producen un extraño ruido. Apenas puedo voltear a mirar, cuando ya el otro ciclista está casi a mi lado. Extrañamente el otro ciclista brilla, al punto de encandilarme. Me da alcance, me rebasa y me grita “el primero en llegar hasta el próximo farol “ obviamente trata de retarme para medir nuestras fuerzas para llegar hasta el único poste que tímidamente alumbra el paraje a una distancia no muy lejana. De inmediato se activa mi espíritu competitivo, la adrenalina enciende mi olímpico cuerpo y doy rienda suelta a mi excepcional condición física. Transcurre el recorrido en enconada lucha por la delantera.

Un literal “cabeza a cabeza” que ni el gran aliento del mejor narrador hípico (Ali Khan) hubiese podido narrarlo. Ya en el tramo final de la fiera competencia, que voy dominando, mi adversario embiste con fuerza y sobre la meta, me supera. Ruedo unos cuantos metros más y caigo desfallecido al piso. El hombre brillante, por el impuso que llevaba, rueda un poco más hace un giro en “U” y retorna hacia mí, entonando un reguetón (a modo de cántico triunfal) cuya asquerosa letra haría temblar de envidia a Bad Bunny y a Ozuna juntos.

En la medida que se va acercando, va perdiendo brillo y voy viéndolo con mejor. Una vez frente a mí, observo que él está perfectamente peinado con gel para el cabello. Viste un regio traje de Armani y zapatos de Calvin Klein. Lleva además un Rolex, bolígrafo Mont Blanc, un anillo de abogado y una mascarilla color rojo sangre con una Hoz y el Martillo entrecruzados, ambas figuras bordadas en hilo amarillo brillante.

Yo esperaba que de un momento a otro surgiera el tradicional olor a azufre, pero para mi sorpresa, llevaba puesta la última fragancia de Hugo Boss, la misma que la semana pasada yo había comprado en Walmart. Reía a carcajadas, burlona y tenebrosamente, pero su malévola risa no me intimidó, pues ya la había escuchado antes en el programa Aló Presidente de Hugo Chávez.

-¡Casi me ganas William Sulbarán! Exclamó.

Me pongo de pie, lo encaro con determinación y le pregunto...

-¿Quien sois hombre luminoso?

Me mira, sonríe y amablemente me dice. Tengo muchos nombres, pero nunca me habían llamado Hombre Luminoso, porque de hecho no provengo de la luz, pero Luminoso me hace gracia, puedes llamarme así.

De mi cuello colgaba un crucifijo de oro macizo de la prestigiosa marca INRI , el cual al igual que mi tarjeta de crédito American Express, nunca salgo sin él. Luminoso cubrió levemente su cara y me pidió que tapara el crucifijo, a lo cual accedí casi involuntariamente.

Al imaginarme a quien tengo al frente, me sorprende que lleve mascarilla (pues creo que no la necesita) e impertinentemente le pregunto:

- ¿Porqué usas la mascarilla?

- Por el coronavirus Tonto -responde con fuerza- acaso no lees los periódicos? me reclama.

Apenado, alcanzo a preguntarle si puedo ayudarlo en algo, en fin, si necesita algo. Y me responde,

-Normalmente Yo soy el que hace esa pregunta, de hecho, si deseas algo para ti, algo que te haga muy feliz, éste es el momento de que me lo pidas.

En ese momento, por mi mente cruzaron pensamientos tales como agregar varios dígitos en mi cuenta bancaria, algunos placeres mundanos e incluso volver al tener una larga y fuerte cabellera. Pero me contuve al recapacitar que el precio a pagar podía ser muy alto. Con determinación contesté:

-Gracias por la oferta, pero al momento tengo lo que necesito para ser feliz. Solo por curiosidad,¿Por qué me abordaste a mí? Le pregunté

Me miró fijamente y me dijo:

- Cuando atravesaste la cadena de la entrada, llamaste mi atención. Te observé durante un rato y busqué tus datos en el archivo universal, ya que por lo insignificante que eres ni siquiera apareces en Google. Yo normalmente estoy en los momentos en los que el hombre siente miedo o teme a algo y tu no sentiste miedo en ese momento, a pesar de la serpiente y el coyote que cuidan la puerta, lo cual como te dije, llamo mi atención.

Mira esto -me dijo- y sacó de su bolsillo un teléfono celular de oro marca Huawei y me mostró una foto del día de mi boda.

-En ese momento tu estabas justificadamente asustado, me dijo.

Le interrumpí rudamente y le pregunté.

-Tu estuviste allí?

-No. No estuve porque tu boda coincidió con la reunión internacional número 666 del partido comunista, y por supuesto yo era el orador de orden. Pero si pude obtener tus datos y esta foto en el archivo universal...

-Por cierto, no recuerdo en cual sección te encontré, no sé si fue en la de valientes, la de los locos o la de idiotas. Pero el caso es que este encuentro está excediendo mis expectativas.

- Ah por eso sabes mi nombre. Me buscaste en el archivo universal. Le dije

-Exactamente. Respondió.

A manera de despedida, le di las gracias, sonreí y monté en mi bicicleta.

El preguntó:

- ¿Qué tal una última carrera?... supongo que querrás irte ileso a tu casa.

Ante la imposibilidad de negarme, le pregunté:

- ¿Qué obtengo si Yo gano la carrera?, ¿Cuál es el premio?

- Te podrás ir ileso a tu casa. Ya te lo dije. Contestó

Pensé por un momento y le dije Yo tengo otra exigencia en caso de que gane la carrera.

- ¿Cuál es esa otra exigencia? Preguntó

- Si yo gano, quiero que dejes de acechar y molestar a los ciclistas por los próximos mil años. Le dije

Acto seguido, me dio la espalda en sorda expresión de desaire, miró sus uñas y luego de una breve pausa respondió:

-Está bien. Eso estará incluido en tu premio, por supuesto, solo si me ganas. Correremos hasta la vieja casona que está 16 millas más adelante. Quien cruce primero poste que sostiene el viejo farol que la alumbra, será el ganador.

Nos dimos la mano en señal de aceptación de las condiciones, pude sentir el intenso calor que emanaba de él. Sus ojos brillaron de forma extraña con la intención de intimidarme, pero no lo logró. Montó en su bicicleta e hizo un ademán con su brazo para que emparejáramos ambas bicicletas en la imaginaria línea de partida.

Mi corazón empezó a latir con fuerza, a bombear sangre con alto contenido de glucosa hacia mis piernas, las cuales se convirtieron en dos pistones del motor de un Ferrari. Se podía anticipar que todo aquello ameritaría un gran esfuerzo físico y mental, solo comparable al que tuvo que hacer Nicolás Maduro para aprender a leer.

Miré el camino serpenteante que habríamos de recorrer. Cada curva era más pronunciada y peligrosa que las curvas de Pamela Anderson en sus mejores tiempos.

Súbitamente desde el empíreo el supremo autor susurró a mi oído:

-“Si confías en mí, haré que confíes en ti mismo”

En ese momento un sublime aliento infundió mi alma y envuelto en autoconfianza arranco a pedalear. El Hombre Luminoso también lo hace y progresivamente el ritmo de la carrera se va incrementando.

El ruido de su bicicleta se hace aterrador, la cadena de transmisión de la mía se calienta por la fricción y enrojece intensamente ante el potente del pedaleo.

Curva a curva, recta a recta, ambos luchamos por dominar al otro. La velocidad es tal, que mi ángel de la guarda se queda rezagado.

Luminoso, enfurece ante la dura prueba. Ciertamente está sorprendido de lo que acontece.

Transitamos el trayecto, ya casi amanece. Algunos campesinos ya están en sus labores y al mirarnos, se persignan y huyen despavoridos.

Sigue la lucha. Se acerca el final y no cedo la vanguardia. Ya se divisa la vieja casona establecida como meta y la luz de su farol languidece.

Entramos en la recta antes del recodo final. Luminoso embiste con máxima potencia, yo incremento mi esfuerzo.

Nos acercamos al recodo, ya casi me alcanza como en la ocasión anterior.

Son los metros finales y definitivamente me alcanza.

En máxima expresión de astucia, giro súbitamente el manubrio de mi bicicleta y tomo un atajo en la espesura del monte del último recodo.

Luminoso aúlla de ira y sorpresa.

Salgo a máxima velocidad del matorral y cruzo el poste que sostiene el farol a tal velocidad que la luz de éste se apaga y sello mi victoria sobre Luminoso.

Luminoso envuelto en rabia profiere insultos y me persigue.

Huyo de él y a máxima velocidad atravieso el portal de la casona, que para mi fortuna resultó ser una vieja iglesia en honor a San Miguel Arcángel.

Aún sobre la bicicleta, atravieso el angosto pasillo que separa las bancas de madera de la iglesia, rumbo al altar mayor. Tres hermanitas de la caridad que llevaban las hostias para consagrar y un frasco con los santos óleos, saltaron aterradas de mi camino. Las hostias y el aceite se esparcieron en el piso. Frené sobre el aceite y mi vehículo derrapó para luego estrellarme contra la bella imagen de San Miguel.

Un sacerdote de rasgos asiáticos de nombre Satoshi Nakamoto, según el nombre bordado de su túnica, corrió en mi auxilio y una vez a mi lado pronunció una oración a modo de exorcismo. No sé si la oración fue en latín, en hebreo o en japonés, pues la verdad, no entendí un carajo.

Para reponerme, recogí varias de las hostias del suelo y las mastiqué, y bebí un largo trago de vino de una botella de Cabernet Sauvignon cercana al altar al tiempo que me tranquilizaba.

El sacerdote, claramente emocionado por haber sido testigo del épico final, me abrazo y me dijo:

-Hijo mío lo habéis vencido!. Has entrado en un prestigioso club donde solo están San Miguel, Florentino y el mismísimo Jesús de Nazareth. Te felicito. Que Dios te bendiga.

Avanzada la mañana, ya con la luz del sol resplandeciente, tomé un Uber hacia mi casa. Como pude metí mi maltrecha bicicleta en la maleta del taxi.

Entré a mi casa por la puerta del garage y me dirigí a mi cuarto, no sin antes rociar mi cuerpo con agua bendita en spray marca Evian, de las que venden en las tiendas de todo a un dólar.

Me acosté y me dormí profundamente...

Al rato dos sonoras cachetadas de mi esposa me despertaron...y muy asustada me dijo:

-Mientras dormías estabas gritando Pedalea, Pedalea, Pedalea.

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Editorial

  • EL MTB venezolano atenta contra si mismo
    por:
    Lo que voy a decir probablemente no será un comentario que tendrá popularidad y es que el peor enemigo que tiene el mountain bike venezolano es el propio mountain bike venezolano.Camina sin brújula, sin rumbo, prefiere el adorno y un bonito montaje que tener las condiciones mínimas reglamentarias en sus…
    Escrito el Miércoles, 10 Marzo 2021 04:15

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